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Las decisiones y sus lógicas consecuencias


ESCUELA PARA PADRES

Las decisiones y sus lógicas consecuencias

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Las decisiones se desvanecen, las consecuencias se quedan.

Los padres deben enseñar a sus hijos a tomar decisiones soportadas en las siguientes características: Conocimiento de causa, previendo las futuras consecuencias o secuelas, seriedad, formalidad, discreción, tacto, cautela, precaución, ecuanimidad, tranquilidad, ponderación, serenidad, etc. Evitando el abuso, la osadía, la indiscreción, la insensatez, el descaro, la temeridad, etc.

La palabra decisión deriva del latín de-cidere, que quiere decir “separar cortando”. Seleccionar una parte, implica siempre dejar el resto, ya que debido a nuestra capacidad limitada, cada decisión supone una renuncia a otras alternativas. Los cinco puntos que definen una decisión: 1) libertad de elección, 2) múltiples posibilidades, 3) deliberación, 4) renuncia, y 5) acto de elegir. Cada ingrediente es necesario y, cuando falta alguno, no hay elección. Las decisiones bien tomadas, teniendo en cuenta sus consecuencias, son las manifestaciones concretas, que reflejan la práctica de las virtudes y valores humanos que tenemos, que son compañeros inseparables.

A toda acción corresponde una reacción, y a toda decisión una consecuencia. Por ejemplo: Cuando alguien enojado toma la decisión de ofender gravemente a otra persona, sus palabras pueden dejarle una cicatriz indeleble. Esa cicatriz permanecerá en su mente, durante mucho tiempo, por muchas veces que posteriormente le hayas dicho, que lamentas lo sucedido. Una herida verbal, puede afecta tanto como una física. Si se sacude en el campo una almohada llena de plumas, es imposible recogerlas todas.

Somos esclavos de nuestras decisiones equivocadas y dueños de las acertadas. Si se han pensado bien las decisiones que se van a tomar, tendremos muchas posibilidades de no ser esclavos de ellas.

Los padres deben enseñar a sus hijos, a que cuando tomen una decisión, sepan que tienen que asumir las consecuencias que ella produzca. A medida que se van haciendo mayores, en menos oportunidades, sus padres podrán ayudarles a solucionar las malas consecuencias, producidas por sus decisiones. Cuando se independizan totalmente, si no han sido bien educados a asumirlas, tendrán que sufrir ellos solos las consecuencias, de lo que han hecho por impulso o sin haberla examinado. Simplemente, es el riego que van asumiendo con la edad y los derechos, obligaciones y responsabilidades, que les vayan correspondiendo.

Las consecuencias de las acciones, suelen estar lógicamente relacionadas con la decisión tomada. Algunas decisiones desencadenan consecuencias que en principio, parecían imprevisibles, pero hay muy pocas cosas imprevisibles, según la educación que los padres hayan dado a sus hijos. Los años de experiencia, la lectura de libros y las consultas a profesionales, dan a los padres, un gran conocimiento para saber las consecuencias que van a ocurrir, en relación con lo que hagan o quieran hacer sus hijos. Una buena educación, consiste en enseñar a que los hijos sepan tomar sus propias decisiones y asumir las consecuencias, lo que supone una fuerte e incondicional ayuda, para que reconozcan y estudien la situación responsable y globalmente, dentro de su ámbito de conocimientos.

En cada caso, la experiencia de los padres suele ir muy por delante, con el tipo de acciones que los hijos hacen. No suele haber un gran salto generacional, si padres e hijos desde el principio, han ido circulando aproximadamente por las mismas avenidas, a las mismas velocidades y con el mismo tipo de equipo personal, familiar, educacional y moral. Las sorpresas, casi siempre desagradables, empiezan cuando los padres han ignorado a los hijos y han permitido, que desde pequeños, hayan estado haciendo su propia vida.

 Cuando las decisiones se toman con el corazón, a las máximas revoluciones, no suelen salir bien. Tienen que ser tomadas con la cabeza fría, el corazón al ralentí y los sentimientos controlados. Nadie se puede librar de las consecuencias de sus decisiones, tomadas voluntaria o involuntariamente, pensadas o impensadas, obligadas o permitidas, pero si se hacen serenamente, tienen muchas más probabilidades de que las consecuencias sean buenas.

Las decisiones deben tomarse, teniendo muy claro si van a producir el bien o el mal. Para ello hay que tener la mente muy bien entrenada, para conocer perfectamente que es lo que está bien y lo que está mal. Algunas personas, por propia conveniencia, tienen mezclado estos dos grandes conceptos. No ven la raya que los separa y se inclinan por el lado que más les conviene. Las malas decisiones, son algunas veces tan incongruentes y carentes de sentido, como la del estudiante, que quería llegar a ser presidente de la asociación de estudiantes, para eliminarla.

Los padres por la experiencia y el conocimiento que les ha dado la vida, es como si estuvieran  situados, en la cima de una montaña, viendo subir por ella a sus hijos. Esa subida a la montaña, significa el comportamiento y las decisiones, con sus correspondientes consecuencias, que diariamente van realizando sus hijos.

Las clásicas frases “ya te lo dije” y “te lo advertí, pero no me hiciste caso”, son las que los padres dicen a los hijos, cuando estos toman las decisiones, sin querer percatarse de las consecuencias que originarán. “El fin no justifica los medios”.

Los padres enseñan a tomar decisiones con la palabra y el ejemplo y educan con su modelo de vida.  El derecho para enseñar y educar, está implícito en la condición de los padres. Para enseñar hay que saber algo, para educar hay que saber vivir de forma que trascienda a los hijos, esa finura de espíritu tan necesaria para conocer, sopesar y decidir, sobre las consecuencias de las decisiones.

Es imprescindible que los padres enseñen a sus hijos, a practicar la virtud de la prudencia en la toma de decisiones. Así su comportamiento diario y las decisiones que tomen, no les producirán consecuencias irreversibles, que les salpiquen a la cara, o que las cañas se les vuelvan lanzas, por no haberlas sabido o querido hacer de buena forma.

Las decisiones tomadas con sensatez, cordura y reflexión, tienen muchas posibilidades de tener éxito y no tener malas consecuencias. Pero las hechas de forma opuesta o con insolencia, ligereza, frivolidad o descuido, siempre tienen unos malos resultados o repercusiones para todos.

El error de las decisiones mal tomadas, no disminuye, por saber que “todos lo hacen” o que alguien se ha equivocado, más que yo. En la práctica no funciona ese truco, que algunos enseñan para dejar tranquilos a los equivocados. Cada persona es responsable de lo que ha hecho o no ha hecho.

Las decisiones tomadas, muestran también la diferencia entre la “primera versión” de los hechos y una información más completa, cuando hay que dar explicaciones, de lo que se ha hecho. La primera decisión, tiene un valor doble que las explicaciones. “Explicación no pedida, acusación manifiesta”.

Algunos toman decisiones equivocadas, sin importarles las consecuencias, pues quieren manifestar su superioridad ante las masas de pardillos, incluso ante “la dictadura de las minorías”. Las correcciones de las decisiones tomadas, suelen tener poco efecto, pues casi siempre se hacen a destiempo o muy tarde.

Los padres algunas veces, tienen que escuchar a sus hijos las malas decisiones tomadas, en relación con sus noviazgos, convivencias prematrimoniales, calidad de los amigos, abandonos o flojedad en los estudios, trabajos o relaciones religiosas. Suelen ser decisiones tomadas, en base a que ellos consideran que son libres para tomarlas, aunque no sepan con certeza, lo que están haciendo.

En las decisiones amorosas, cabe la alternativa de enfrentarlas con sus parejas, presentes o futuras, preparando previamente una serie de preguntas, bien documentadas, que los hijos posiblemente no se deciden o arriesgan a hacer directamente. Si las preguntas están bien preparadas, es muy posible que sus parejas o futuras parejas, con sus respuestas, se queden al descubierto de sus inconsistencias. La base del éxito de esas preguntas, está en la calidad, cantidad y veracidad de la información conseguida. Suelen ser preguntas basadas en esa información, que los hijos no se atreven o no saben como preguntarlas. Con las respuestas obtenidas, sobre las preguntas hechas por los padres a las parejas, podrán los hijos tomar las decisiones adecuadas, eso si, siempre soportadas con buena información. Ante esas confrontaciones los padres corren el riesgo de las reacciones violentas de los hijos, que no quieren oír lo que tienen que oír. Pero es preferible tener un hijo enfadado, que un hijo equivocado gravemente.

Tormentas de ideas. Cuantas veces para tomar una decisión importante, tenemos que recurrir al mismo procedimiento de tormentas de ideas, que emplean los profesionales en los negocios. Después de ir anotando en un papel, todas las ideas relacionadas con el tema en cuestión, tendremos la posibilidad de elegir la mejor o las mejores. En esta tormenta de ideas, van saliendo algunas, concatenadas con otras que se acaban de poner en la lista. Si esta lista se hace entre varias personas, bien entrenadas a estrujarse el cerebro en pos de una idea, el resultado es magnifico, pues al final se presenta un abanico de ideas, con todas las variante para poder escoger la o las más adecuada.

¿Se imaginan actualmente a una persona sola, pasando varias horas en una habitación a oscuras y en total silencio, pensando en cómo poder resolver un problema, o una especifica situación personal o familiar, actual o futura y que sea algo trascendente e importante? Esa persona tendría que tener una formidable educación y un gran dominio de si misma. Con plena seguridad, las decisiones que tomará posteriormente, serán un acierto. Cualquier toma de decisión importante, puede ser de resultados irreversibles, por eso hay que tener muy en cuenta, la responsabilidad de estudiar bien el asunto a decidir.

Los padres tienen la obligación de enseñar a sus hijos, a que cuando vayan a tomar decisiones importantes, deben pensar con lógica y estar preparados para los resultados lógicos, consecuentes, previsibles, naturales, justificados y legítimos. La gula, la avaricia, la lujuria, la envidia, la soberbia, la pereza y la ira descontroladas, influyen o dominan en muchas ocasiones las decisiones, siempre en perjuicio propio y de los demás.

Algunas decisiones importantes y que puedan trascender a otros, deben ser tomadas evitando que exista el “choque de ignorancias” tan normal, en algunas discusiones o planteamientos. Bastantes problemas están  produciendo las decisiones tomadas en función del “choque de civilizaciones”, que la mayoría de las veces se produce por el “analfabetismo religioso, político, familiar o social”. Estas decisiones, tan mal tomadas, suelen ser producto de la ignorancia y de la falta de educación, pues muchas personas, se permiten el lujo de opinar vehemente, de cosas que jamás han oído hablar o tienen un conocimiento superficial.

Es la decisión de cada familia, a qué dedicar las “horas estrella” que son las mejores de la convivencia familiar, cuando hay un buen ambiente de relax, a la vuelta del trabajo o del colegio, los fines de semana, cuando salen de paseo, al restaurante, etc. Algunas familias, sustituyen ese formidable tiempo, propicio el dialogo familiar, donde los padres tienen que compartir sus ideas, transmitir sus vivencias y educar a los hijos, por lo que pueda decir o hacer las pantallas electrónicas, que cada uno de los componentes tiene delante, bien sea distrayéndose, jugando, estudiando o trabajando.  Aparece aquí la conocida dialéctica, del tiempo dedicado a la educación familiar, entre cantidad y calidad. La variable que mejor predice el éxito escolar y profesional, es el número de libros leídos, no almacenados, en el hogar familiar. No el número, tamaño y características técnicas de las pantallas electrónicas familiares.

Aparece aquí la conocida dialéctica entre cantidad y calidad del tiempo disponible, en las “horas estrella” familiares. Es cuando las relaciones interpersonales familiares empobrecen, y aparecen unas enormes relaciones ficticias impersonales, la conexión superficial con millares de amigos virtuales, muchos de ellos con personalidades falsas.

Es cierto que la conexión permanente y la interactividad que ofrecen las pantallas electrónicas, tienen notables ventajas para el trabajo, el ocio y la vida social en general, pero siempre realizadas con buen criterio. Muchas personas no se cansan de bailar, aunque sea sin música, porque los músicos han dejado de tocar. Estas son las consecuencias de algunas decisiones, que continúan los resultados a lo largo del tiempo, incluso cuando ya parece que se han calmado las cosas.

Después llegan las consecuencias de la falta de educación, dialogo y conocimiento entre las personas. La mayoría de las veces, cuando surgen los problemas, se dan cuenta que la decisión de elegir ese modelo de convivencia familiar, no fue la adecuada. Ahora es muy normal ver en los restaurantes, a una familia que ha salido a almorzar o cenar, cada uno delante de su computadora, incluso con los auriculares puestos, mientras esperan que el camarero les traiga la comida e incluso mientras comen. Luego los padres, pretenden que sus hijos se comporten como bien educados, cuando en realidad, se han educado a través de las pantallas electrónicas.

Es cuestión de pura lógica, pensar en las consecuencias que pueden tener las decisiones que se vayan a tomar o las ya tomadas. El sentido común, que es el menos común de todos los sentidos, nos indicará previsiblemente, cuáles serán las consecuencias de nuestros actos.  Las decisiones, no pueden estar supeditadas a las propuestas, con las que nos bombardea la sociedad actual, por ejemplo la invitación a vivir siempre placenteramente, donde la concepción de vivir, sea sinónimo de disfrutar. Es necesario superar el “síndrome lúdico” de algunas propuestas de vida, que no contemplan las consecuencias de las decisiones, con conocimiento y capacidad para enfrentarlas y decidir con libertad y seguridad. El espíritu de sacrificio y la disciplina, están desapareciendo del lenguaje familiar, sustituyéndolo por la falta de exigencia y esfuerzo.

Algunos padres, consciente o inconscientemente, toman la decisión de tratar a sus hijos pequeños con violencia verbal. Creen que gritándoles, los van a educar mejor, con más disciplina y con temor, a lo que los padres les digan que hagan o no hagan. Estas decisiones suelen ser tomadas, por contagio de uno de los cónyuges o por una tradición familiar, de violencia verbal o física. Pero no suelen tener en cuenta, las nefastas consecuencias que suele conllevar esta actitud, pues los hijos se acostumbran a los continuos gritos, y a pocos o ningún razonamiento de lo ordenado o llamado la atención. Ponen en una balanza las consecuencias de no hacer lo que les mandan, contra una serie de gritos o malas palabras. Saben que después de las descargas, ya no hay espacio para más adrenalina paternal y llegará la calma. Las órdenes y las ideas deben ser: Cortas, concretas, claras y siempre hechas con suavidad y firmeza.

También hay padres que son todo azúcar en las relaciones con sus hijos, hagan lo que hagan, besándoles, acariciándoles y mimándoles continuamente, principalmente cuando hay público que les está mirando. Esta actitud blandengue, suele reflejar una carencia de cariño recibido en la niñez o juventud, también supone  un desequilibrio mental, bipolaridad o autocomplacencia. Los hijos perciben el mensaje de que hagan lo que hagan, sus padres les cubrirán de besos y no les llamarán la atención para que no se frustren, lo que originará unos hijos inseguros, consentidos y mal educados.

La virtud de educar bien, está en el centro de las actitudes, para eso los padres tienen que estar, muy bien equilibrados, sabiendo que las decisiones que tomen, siempre tendrán consecuencias, que los hijos podrán controlar si educan bien.

Está muy bien tener una Estatua de la Libertad, pero deberíamos tener otra, tan grande o más y llamarla Estatua de la Responsabilidad. Porque tenemos la libertad, a la hora de tomar decisiones, y también tenemos la responsabilidad de sus consecuencias.

La vida es como un viaje, en el que cada uno es capitán de su propio barco y las maniobras, tienen un efecto real en la vida propia y en la de la familia. Las decisiones son opciones, que influyen en el presente y en el futuro, formando parte de un todo continuo, ininterrumpido y lleno de significado, que puede transcender hacia lo cómodo o hacia lo exigente.

Los egoístas basan sus decisiones, sin importarles las consecuencias, solamente se fijan en ellos mismos: Qué me gusta, qué me funciona, qué me descansa, qué me rinde más, qué satisface mi gusto personal, qué beneficio inmediato me proporciona, qué me crea problemas, etc. No quieren reflexionar en las consecuencias que tendrá para el prójimo, las decisiones tomadas o por tomar.

Las decisiones con la familia política o de sangre, relacionadas con la petición de favores, tienen que tener la lógica de la reciprocidad. No se pueden manipular, solamente cuando se quiere obtener una ventaja. No es lógico y es muy egoísta, ser tratado con todo cariño por la familia propia o política y después ignorarla y no corresponder a ese buen trato. Usar la familia como si fuera un “Kleenes” para utilizarla cuando se quiere, saber que está allí, a la orden, para lo que se quiera y después, sin ninguna lógica, ignorarla o despreciarla hasta la próxima vez que se necesite.

Las decisiones tienen que ser siempre bien pensadas, nadie puede acostumbrarse a decir siempre si, o siempre no, pues esto suele conllevar, una falta de conocimiento, inmadurez e irresponsabilidad sobre lo que se está decidiendo. Tampoco es solución tomar las decisiones echando a “cara o cruz”.

Hay quienes tienen unas personalidades muy débiles, tímidas, inseguras y vacilantes, y no quieren decidir ni arriesgar nada, pues se les hace insoportable, la posible responsabilidad de la decisión y de las consecuencias. Prefieren vivir con la esperanza de que sus padres, un consejero o una fórmula externa, socialmente aceptada como buena, les liberen o retrasen de cualquier decisión personal que tengan que tomar. No se puede ser excesivamente razonador y ahogarse en las reflexiones. Por su inseguridad y temor al riesgo, nunca “agarran al toro por los cuernos”, ya que acusan un sorprendente miedo a la realidad.

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